Develando la estatua de Don Antonio Sáenz de Miera y Fieytal

Develando la estatua de Don Antonio Sáenz de Miera y Fieytal

Querida Celeste:

¿Qué decir cuando las palabras son insuficientes? El lenguaje peca de una locura peculiar. Pretende situar los hechos a partir de una lógica que tiene innumerables facetas. Por eso, no hay estructura, gramática, forma lógica, que logren atrapar el instante. Ese aliento de vida que se ve y que es tan volátil como el fluido mismo de la existencia.

Así de imposible es definir la vida, incluso el poder como potencia misma de esa vida. Pero algo cabe en todo el espectro del idioma para acercarse apenas a Don Antonio Sáenz de Miera y Fieytal. Lo primero que he de decir es claro, transparente, como tú misma. Es tu padre. Y la simiente que constituye su estirpe hereda a través de ti y tu sangre todo un manantial de cosas buenas. Ir por la vida y para la vida, ser vital. Esa es una de las grandes cualidades que he visto.
Fue un hombre de pasiones, deseos, luchas, aguerridas formas aferradas a la pelea por causas justas. Amó y fue amado intensamente. Lo quisieron cuantos con él compartieron horas de angustia, defendiendo la causa de la libertad de expresión. Lo disfrutaron en la vida bohemia los que a su lado cantaron la belleza de existir. Por su camino se cruzaron periodistas, políticos, intelectuales, amigos, el México de los mejores años del milagro. Cuando era todavía posible vivir en un país de calles más apacibles. Seguramente los conflictos y sufrimientos de su lograda vida no estuvieron exentos de penas inmensas.
Él sentía con la sensibilidad del hombre de ojos abiertos. Era alerta y astuto, inteligente a profundidad. Grato y firme. Vaivén de aparentes contradicciones. Pies en fuga, inasible. Estar y no estar, dejando huella. Indispensable en el amparo que su figura generaba. De él dimanó siempre la fuerza que abraza, como siempre te abrazó desde niña y luego fue abrazando a sus hijos. Uno de ellos tan querido, Mouris, llegó a tu vida para ser parte de la suya.
Y ahora ocupa la dirección del Club de Periodistas de México., que es la casa donde se refugia la paz, la esperanza, del pensamiento lúcido, crítico, del periodismo verdadero. Ahí se han celebrado los certámenes de periodismo que premian las mejores expresiones del arte de narrar los hechos. Testimonio de excelencia y valentía que fueron valores que se esgrimieron con tenacidad desde la concepción misma de la idea de esa casa de los periodistas.
Y no dejan de celebrarse porque en cada certamen tú sigues los pasos, la encomienda, la estafeta, duro trabajo, que con grácil elegancia realizas ante la sonrisa complacida de Don Antonio. Hacer de las voces un eco que llegue a todos los rincones, que ponga el acento en la llaga del dolor humano, denuncia misma de la injusticia, la corrupción y la mentira donde quiera que se presenten. Voces que son del periodista, y ese es el espíritu que vibra tanto en la radio ahora como en ese gran diario que es ‘Voces del Periodista’: voz, voces, libertad, expresiones plurales y un solo propósito: que haya libertad de expresión. Raro es ahora que se digan las cosas como son. Sin oblicuidad. Sin doble sentido camuflando lo que se vende.
Ante los peligros que acechan a México, las voces libres señalan en defensa de la patria. Siempre con un fuerte sentido institucional y de respeto por las instituciones. La casa del periodista cobija también a los hombres y mujeres que viven alojados en el Club de Periodistas, en la sede misma de la fundación que es fundamento de su sostén.
Ahí viven y han llegado para luego partir los periodistas que ya en la senectud, que es momento de todo saber, se alojan, nos acompañan, nos prestan algo de lo mucho que hicieron en su vida. Don Antonio y sus más cercanos, tu madre amada, su adorada hija Celeste que siempre fuiste y eres gracia para sus ojos, sus hijos todos, Mouris hijo y amigo, la nena Celeste quien siendo hija de la hija duplica el encanto, Bella y Diana eco ambas de lo que anida en el espíritu de la familia Sáenz de Miera, hombres como el señor Alemán que dieron muestra de lealtad sin aspavientos y cuya alma retoza al lado de la de tu padre. Tantos que desde luego las palabras omiten nombres (y se disculpan por eso). Así de sencillo es quien todo lo da porque le sobra. Se da en lo que es y porque es da. Eso fue Don Antonio Sáenz de Miera cuya es la memoria que en estatua nos recuerda lo grande que se puede llegar a ser. Y los retos que la vida plantea.
Muy merecido es que se devele esta pieza de arte monumental. Vale la pena que la Casa de Gobierno tenga esa estatua para que recuerde quien desde ahí gobierne que la verdad, la decencia, la honestidad, hacen del político un ser que construye el orden social, y distribuye los bienes de la justicia. Desde ahí e irradiando a toda la nación envío mi saludo. A ti mi más entrañable cariño. A Mouris la mano del amigo que apenas es esbozo de la gran mano que estrechó la suya cuando consintió y alegremente asumió adoptarlo: la mano de tu padre.
Vivimos momentos complejos. Es tiempo de repensar a México. Ver que la economía crezca, que se fortalezcan las formas democráticas; que se debatan las reformas que se necesitan en todas las áreas, siempre por bien de la gente. De nuestra gente. De nada sirve lo que se hace si no es por una causa: sacar de la pobreza a millones de mexicanos, defender la libertad de las ideas, distribuir la riqueza, cuidar los recursos de la patria, abrirnos al exterior en tiempo de intercambios globales con el dedo puesto en defender la identidad propia. Hoy como nunca tenemos que comprender que con hambre, delincuencia, violencia, desigualdad ofensiva, el poder tiene más responsabilidades. Y poder no solamente es mandar para que otros obedezcan.
Poder es saber atender las necesidades de aquellos a quien se representa. De modo que desde la metáfora de lo que ahora se devela, la gran estatua de Don Antonio, los políticos, intelectuales, académicos, periodistas, profesionistas, estudiantes, obreros, campesinos, indígenas, todo , vayamos de la mano hacia una tarea común. Diversa por la multiplicidad de oficios e ideologías. Pero unívoca por la necesidad de lo que nos hermana. La unidad de lo diverso es un común denominador: la Vida.
Las diversas maneras de vivirla cambian. Todas respetables si contribuyen a que esa vida que es una con la Vida sea amorosa, buena, feliz, y de calidad. Quienes despojan a otros para tener, viven la Vida pero restando potencia a su proceso. Los que mienten, urden historias que dañan la Vida, pues lo viviente muere en cada mentira. Los violentos corrompen, roen, la entraña de lo vivo como un cáncer que cercena la Vida. Si amamos la vida y vamos por la Vida entonces iremos cuidando que las formas de vivir de cada uno realicen su vocación. Porque todos hemos nacido para dejar algo.
Y eso que dejamos es una grave responsabilidad de cara a futuras generaciones: un mejor hogar para ser y estar. Ese hogar que tanto amó Don Antonio Sáenz de Miera y Fieytal: México.
Celeste, mi abrazo.
Doctor José Manuel Orozco Garibay
ITAM
México, 21 Junio de 2014

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