VOCES DEL DIRECTOR

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Y la reforma del gobierno, ¿cuándo?

 

A MÁS DE 35 AÑOS de haberse puesto sobre rieles la única y verdadera Reforma Política en México, a la que acompañó la Reforma de la Administración Pública federal, los reformistas de nuevo cuño no han dado una explicación válida sobre las razones para no reformar el gobierno.

SE HAN REVISADO, sí, los fundamentos constitucionales del régimen revolucionario para “redimensionar” el Estado y subordinarlo a los designios de un modelo neoliberal -extralógico para el tiempo económico, social y cultural mexicano-; hace apenas unos seis años, sonaron las trompetas para anunciar una nueva reforma del Estado. Pero de reformar el gobierno, ni una palabra.
Consecuencia de esa grave omisión, es que el sistema político mexicano llegó a la alternancia del poder presidencial, sin pasar por la transición democrática. Hoy, la mayoría de las encuestas sobre la percepción de las instituciones públicas concluye en que existe una repulsa generalizada a los partidos políticos y los Poderes de la Unión.
Opera una lógica autoritaria en la resistencia a reformar el gobierno: Si el entramado institucional del poder público, que tiene como soporte axial la burocracia, sirve para perpetuar al grupo  dominante -el establishment-, ¿para qué cambiarlo?
Desde la perspectiva histórica, el primer gobierno plenamente tecnocrático -el de Carlos de Salinas de Gortari- marcó el parteaguas entre lo que se demonizó como populismo y el neoliberalismo.
Cuando Salinas de Gortari y sus mandarines acometieron la revisión de la Constitución, al pretender aleatoriamente la “modernización” del Partido Revolucionario Institucional (PRI, para mudarlo a Partido de la Solidaridad), el usurpador jugó una carta de alto valor: Liquidar lo que el salinismo tipificó como “dictadura de los sectores”. Que eran el Obrero, Agrario y Popular, bases sociales y electorales del régimen.
La lectura que el liderazgo de las centrales priistas hizo, es que Salinas de Gortari, al atacar la organización social, se fijó como fin la reconcentración del poder presidencial en Los Pinos, después de que la Presidencia de Miguel de la Madrid fue considerada no sólo gris, sino tibia en cuanto al ejercicio de la autoridad.
Con independencia de los fines económicos del salinato -prolongar su presencia transexenal al menos 25 años, para evitar la reversa en la implantación del neoliberalismo-, lo que queda suficientemente claro, es que el ex Presidente quiso y supo ejercer una unidad de mando monolítica, que potenció lo que Jorge Carpizo describiría como facultades metaconstitucionales del jefe del Ejecutivo.
En la misma línea –vamos por el camino correcto, es la infalible sentencia-, Ernesto Zedillo Ponce de León ejerció de tal modo la unidad de mando, que logró fracturar la hegemonía del partido del gobierno, hasta arrebatarle el poder presidencial y entregarlo a quién le pareció más conveniente.
Precisamente, en las presidencias de la alternancia que quedaron en manos del PAN, se extravió la unidad de mando. Por una sinrazón elemental: Vicente Fox llegó a Los Pinos, no a administrar ni a gobernar, sino a repartir como botín el patrimonio nacional entre los que consideraba de “su” clase.
El guanajuatense lo dijo con estas palabras: El nuevo gobierno será “de empresarios, por empresarios y para empresarios”. Por eso, no se preocupó por la operación política. Que no es otra cosa que convocar, dialogar, negociar y concertar objetivos comunes con todos los componentes del Estado, o al menos con  los de mayor poder de decisión.
Fue –vamos por el camino correcto– el estilo discrecional de mandar de Felipe Calderón. Los saldos de su gestión los midió la Inteligencia militar estadunidense antes de que el sexenio terminara, y concluyó: México, un Estado fallido.
Calderón entregó el mandato a Enrique Peña Nieto en pleno estado de ingobernabilidad y de guerra. Era previsible, dicho con más propiedad, deseable e imperativo, que el primer objetivo del jefe del Ejecutivo fuera restituir la unidad de mando en el gobierno.
El quid de la cuestión radica en que, por fatalidad de nuestro sistema métrico sexenal, al perder la clase política el control sobre la sucesión presidencial, en el mismo interior del gabinete, desde el momento de su instalación, sus integrantes no piensan en las próximas generaciones, sino en las próximas elecciones. Y todos se sienten con cuerpo de torero para el relevo.
Ahora, en la más subversiva de las circunstancias nacionales, se proclama la nueva reforma electoral. La que se dan los partidos políticos para seguir acumulando fueros y privilegios. Y éstos quedan a salvo si el gobierno sigue anclado en estructuras y usos y costumbres que han elevado al cubo las prácticas de corrupción.

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