VOCES DEL DIRECTOR

VOCES DEL DIRECTOR

 

La Espada de Damocles 

 

Dicho en términos taurinos -para quitarle cargas tremendistas a nuestro drama de esta hora-, el periodismo no es graciosa huida, sino apasionada entrega. Como en la arena el diestro conoce los riesgos mortales al acometer su faena, el oficiante del periodismo libre tiene conciencia plena de las consecuencias de su ejercicio. 

 

En la inquebrantable e irrenunciable defensa de la Libertad de Expresión y el Derecho a la Información, particularmente en los últimos 15 años el ejercicio periodístico ha costado vidas, patrimonio, salud y tranquilidad personal y familiar.
Casi 500 expedientes latentes en la Procuraduría General de la República, archivos repletos en las sedes de organizaciones nacionales de la  sociedad civil, sobre todo las gremiales; incesantes denuncias y exhortos de instituciones internacionales, y no pocas recomendaciones de tribunales multinacionales al Estado mexicano, dan cuenta de lo peligroso que resulta en México construir opinión pública.
Por su propia naturaleza constitutiva, finalidad y responsabilidad, el Club de Periodistas de México, sin amilanarse frente al acecho intimidatorio, ha mantenido la guardia en alto para hacer escuchar y hacer valer las libertades civiles y los derechos políticos, propios de todo régimen y sociedad democráticos. Ha sido tenaz en la denuncia de la impunidad que hace prevalecer y potencia ese criminal estado de cosas.
El mensaje de nuestra secretaria general, Celeste Sáenz de Miera, consignado en estas mismas páginas, plantea una dolorosa recapitulación de las agresiones a nuestros colegas, y una severa exigencia de acción estatal para romper ese anómalo e impune esquema de persecución al libre pensamiento.
Sin embargo, los atentados contra el ejercicio periodístico -hay que ser claros- no provienen sólo de los poderes fácticos que encarnan el crimen organizado. En la vertiente institucional, procesos legislativos, inconsultos a la comunidad, están perfilando nuevos instrumentos jurídicos restrictivos de las libertades y derechos que son tan caros a la sociedad.
Desde el aciago sexenio pasado, con la coartada de prevenir y combatir el terrorismo, se han venido revisando códigos federales de pretendida justicia para penalizar la protesta social, inhibiendo los  derechos de petición y de reunión. Hasta los ciudadanos deudores bancarios, con la reforma financiera, serán objeto de nueva coacción judicial.
Ahora -en el marco de la actualización de la legislación en materia de telecomunicaciones-, se afila la Espada de Damocles, para descargarla no sólosobre las tradicionales formas de información y expresión de las ideas, sino sobre aquellas que pone al servicio de la cultura y la civilización la modernidad tecnológica. La tendencia de esos nuevos mecanismos de control es represiva y opresiva.
Nuestros colaboradores en temas internacionales, James Petras y Noam Chomsky, entre otros, nos han puesto al corriente con toda lucidez, oportunidad y valentía sobre la nueva construcción del Estado policiaco en los Estados Unidos -sedicente fuente y modelo de sociedad democrática- que los demonios de la globalidad han extendido e implantado ya a otras naciones.
México, que en la escena internacional ha renunciado históricamente a la compulsión de la fuerza, privilegiando a la razón diplomática -no por otra cosa ostenta el Premio Nobel de la Paz-, no puede ser candil en la calle y oscuridad en su casa. Mucho menos cuando, precisamente en estos días, en rotunda contradicción, el Congreso de la Unión blasona de una Reforma Política para perfeccionar la democracia.

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