DESLINDES: La verdad de la mentira de la Clase Política

DESLINDES: La verdad de la mentira de la Clase Política

ARMANDO SEPÚLVEDA IBARRA

 

A fuerza de exhibirse con mentiras y cinismo, escándalos y corrupción, a saber desde tiempo inmemorial, la clase política marcó su divorcio contundente de la sociedad, después de muchos años de burlarse de su credulidad con las eternas promesas de sacarla de la crisis general por donde se viene despeñando al país con toda la impunidad propia de los clásicos déspotas.

NIUNOA lo mejor los orondos integrantes de la cada vez más desprestigiada clase política no saben, como ignorantes supinos, que ya gozan de poca o nula credibilidad y confianza entre los mexicanos, e inclusive el tiempo les ha regalado en los distintos estratos sociales el desprecio y el encono de generaciones que sólo han conocido las crisis perpetuas alimentadas por los gobiernos neoliberales de 1982 a 2014.
Con la facilidad del charlatán y una verborrea enemiga de la realidad e incluso de las reglas mínimas de la sintaxis, los políticos que ostentan el poder con el secuestro de la democracia vía la deplorable partidocracia, piensan que engañan a la gente con sus peroratas y su publicidad sin sustento enriquecida con el renovado embuste y las añejas e incumplidas ofertas de salvar a la patria.
A la clase política gobernante le ha faltado entonces calidad en sus palabras huecas a la hora de ofertarse ante la sociedad sólo con saliva mentirosa, porque si usaran la verdad irían al matadero político o, tal vez, comenzarían a ser profesionales en un oficio que les ha servido de modus vivendi y, a muchos, para enriquecerse con los dineros públicos mediante el robo, el cobro de los corruptos diezmos por asignar obras y la extorsión a empresarios y otros contribuyentes, a veces con el más refinado estilo de los carteles de la delincuencia organizada: Con la mano izquierda lista para corromperse con la cuota y la derecha amenazante con el garrote para asestarlo por si alguien se niega a entregársela.
Es una realidad que la corrupción en todos los niveles de gobierno es más grave hoy que en la época del tristemente célebre ex presidente José López Portillo, quien al poco tiempo de haber tomado posesión -cuentan quienes le escucharon- confesó en corto: “Donde toco brota pus”, aunque alguien diría que allí la burocracia política comenzó a gangrenarse.
Con los gobiernos priístas floreció la deshonestidad y alcanzó las cimas de la rapacería y, con la alternancia, los panistas se engolosinaron con los tesoros públicos y salivaron como los perros de Pávlov al tintineo del oro y, de remate, cedieron a las tentaciones y enriquecieron las formas astutas del saqueo de los dineros públicos e incluso privados con las socorridas extorsiones y mordidas.
Para corroborar este alarmante panorama los mexicanos estudiosos del tema nunca dejan de investigar ni de asombrarse con los hallazgos, mientras al exterior del país estas sorpresas dejan a todos con la boca abierta.
Un cálculo conservador del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado estima que la corrupción en los tres niveles de gobierno reporta ingresos ilícitos a funcionarios y burocracias por más de 250 mil millones de pesos anuales, por concepto de diezmos, mordidas, moches y otras lindezas. Sobran botones como muestras:
En la esfera federal Petróleos Mexicanos y la empresa Oceanografía anidan la corrupción de miles de millones de dólares y enarbolan como estandartes del desaseo y del fruto podrido las repelentes figuras del corrupto cacique sindical petrolero Carlos Romero Deschamps y los hijos de la esposa del ex presidente Vicente Fox, los impunes hermanitos Bribiesca Sahagún, enriquecidos traficantes de influencias.
Carlos y su consentida

Carlos y su consentida

A nivel estatal emerge apenas la punta de la madeja de los robos de la Línea Dorada del Metro del Distrito Federal. A reserva del visible y fabuloso fraude que paró once de las veinte estaciones del tren suburbano, más atrás en el tiempo buena parte de los contratistas fueron sometidos por autoridades ladronas a la condición de entregar el 15 por ciento del importe de la obra asignada, en lugar del tradicional diezmo, a cambio de firmarles el contrato para construir tramos y estaciones del sistema colectivo de transporte.
A la par las agitadas olas de las corruptelas alcanzaron y zarandearon ya la probidad de los coordinadores de los diputados federales del PAN y PRI, Luis Alberto Villarreal García y Manlio Fabio Beltrones Rivera, ambos acusados de exigir a presidentes municipales moches o porcentajes de recursos del Gobierno Federal que intermedian y asignan con su fuero de legisladores.
Y para completar el lienzo de las transas, en el ámbito municipal destaca entre la corrupción el municipio de Ecatepec, estado de México, donde el tesorero del Ayuntamiento, José Ortega Ríos, y el director del Jurídico, el ex convicto Rey Antonio López Vázquez, extorsionan a empresarios con amenazas y cierre de negocios, para condicionarles la renovación de licencias, concesiones, permisos y otros trámites a cambio de la entrega de fuertes sumas de dinero, inclusive millonarias. Dicen muchas víctimas de la deshonestidad de estos funcionarios que sin no ceden a la extorsión nada avanza.
Entre los antiguos las formas corruptas variaban según los talentos y estilos personales y, como es natural, algunos tocaban los extremos: Cicerón, en su libro Sobre los deberes, escribe que Julio César siempre tenía en la boca unos versos de Eurípides que rezaban: “Pues si hay que violar el Derecho, debe hacerse para reinar; en los demás casos, practica la rectitud”.
En los tiempos que corren abundan entre la clase política los merolicos deslenguados tipo Vicente Fox, los magos hacedores de paraísos en el papel y uno que otro iluminado listo para sacrificarse por el bienestar del pueblo mexicano. A propósito de estos mártires de la democracia, cabe la cita de Rumi, el poeta y filósofo persa: “El hombre está escondido en su lengua”. Porque:
¿Con qué retórica podrían los señores de la clase política convencer a la sociedad de las ventajas de subirle los impuestos y desatar la carestía y la inflación?
En otros tiempos igual de cínicos los políticos intentaban suavizar un poco el duro golpe del fisco con el lugar común de que “aumentar los impuestos fue un mal necesario”.
Eran empero otras épocas, antes del neoliberalismo, con una sociedad que todavía podía vivir con cierto decoro, con menos desempleo, una clase media fuerte y un nivel de pobreza bajo, aún sin visos de hambre ni de violencia ni inseguridad, ni menos los cotidianos ríos de sangre: en muchas regiones del país se dormía con las puertas abiertas y hasta en el fresco de las banquetas.
Cuando los neoliberales tomaron el poder por asalto, desbarataron el estado y sus leyes fundamentales (como la Constitución) y cedieron el mando real a la plutocracia, comenzó la triste caída del país a las crisis económicas interminables y a la grave descomposición política y social que ya rebasa a las desacreditadas instituciones y hoy amenaza con empeorar la frágil convivencia social en un territorio nacional agobiado por la violencia de la delincuencia organizada y de policías a su servicio, así como la impunidad que avala la autoridad, a veces por complicidades.
Familia Sahagún: Del rancho a la capital y por el capital.

Familia Sahagún: Del rancho a la capital y por el capital.

¿Cómo hablarle a la gente para que vuelva a creer en los políticos, si nunca cumplen ni se acercan a sus colonias, barrios y comunidades, salvo para solicitar votos embobándolos con sus buenas intenciones?
Hasta el más novato de los publicistas conoce la necesidad de respaldarse en bases sólidas y tangibles, o en hechos o pronósticos irrebatibles con la estadística, cuando lanzan al mercado algún producto o una campaña comercial, política o social, en busca de atraer clientes o consensos.
Sin embargo, los anuncios políticos de la radio y la televisión, los periódicos y la internet se usan hoy con la única intención de atontar a la audiencia con falacias, confundirla y atraparla para los caprichos o los planes perversos de la clase política, con recursos de marketing que, si convencen de entrada con la falsedad, dura poco tiempo el efecto y más tarde, cuando todos digieren que el producto o la oferta o la promesa no tenía calidad ni veracidad, todo se viene abajo.
En los últimos tiempos muchas cosas han comenzado a cambiar y una de ellas es la credulidad de los mexicanos: las encuestan revelan que, con tendencia a ser peor aún, sólo una minoría confía en la clase política y hasta la equipara, hablando de honestidad y otras cosas al margen de la ética, con el ínfimo nivel de la policía.
Y para calificar a gobernantes los porcentajes también vienen en descenso: por ejemplo, apenas 44 por ciento de la ciudadanía reconoce la gestión del señor Peña Nieto como presidente de la república.
Y de las cámaras de Diputados y Senadores, o de los gobernadores de los estados, ni hablar: andan por los suelos.
Más grave es la pose de la infamada clase política que cree que la gente sí le cree cuando, para atraerla a sus fines, le susurra con palabras dulces que encierran la trampa y arrebatos teatrales o sobre todo cómicos sus desgastadas mentiras con voces machaconas día, tarde y noche, sobre la lluvia de riqueza que caerá encima del territorio mexicano con las reformas estructurales, ninguna de las cuales hasta hoy ha dado un solo fruto siquiera de a devaluado peso.
Esta vez el viejo proverbio de repite mil veces una mentira para tornarla verdad se rendirá según como despierte la gente de su largo sueño.
Por aquello de no te entumas, la clase política debería concentrarse en el sentimiento de la nación y, con un inusual espíritu limpio ajeno al privilegio personal o ánimo de llevarse todo para su santo y sus socios o cómplices, verse en el espejo de otras sociedades que caminan con la milenaria consigna de que la verdad nos hará libres.
Porque ya deberían saber que, a estas alturas de las crisis treintañeras, las cosas ya no están como para seguir cociendo habas, ni para estirar más la desgastada mentira.

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