Venezuela y el fascismo social

Venezuela y el fascismo social

BELKIS V. BIGOTT SUZZARINI Y GREGORIO J. PÉREZ ALMEIDA*

  “El fascismo no es una amenaza.
El fascismo está entre nosotros”.

                                                         Boaventura de Sousa Santos

El fascismo político

Apenas se nombran las palabras fascismo o nazismo, aparecen, entre otros nombres los de Mussolini, Hitler, Franco, Videla y Pinochet. Al nombrar a estos presidentes y jefes de Estado, el término se remite automáticamente a su expresión política institucional, es decir estatal: El Estado fascista constituido en Italia y Alemania a partir de la segunda década del siglo XX y se advierte su vinculación directa con los intereses más inhumanos y repugnantes del capital.

Luego, se caracteriza al fascismo como movimiento social y cultural y se enumeran sus atributos: racista, sexista, xenófobo, misógino, antisemita, antisocialista, anticomunista, etc.

Continúa esta descripción con los rasgos de la personalidad del fascio, es decir, del sujeto fascista: Su condición agonal violenta, su represión sexual sublimada en el consumo individualista, su compulsión al orden, etc. y otros rasgos que hacen del fascio un/a energúmeno/a.

Se intenta aterrizar esta descripción en Venezuela haciendo las asociaciones respectivas con las y los activistas de la derecha venezolana que se agrupan y actúan desde los partidos políticos Primero Justicia y Voluntad Popular. Amén de señalar la relación de estos líderes con el paramilitarismo colombiano.

Todos estos intentos de poner al día la conceptualización y caracterización del fascismo (y su gemelo el nazismo), son excelentes aportes a la comprensión histórica, política y psicológica del enemigo que “asecha” a la democracia. Mucho más si se declara socialista.

Nosotros, en este artículo, siguiendo los argumentos de Boaventura de Sousa Santos, en su libro Conocer desde el Sur, intentaremos abordar el tema desde una perspectiva distinta que reconoce la importancia de la conceptualización del fascismo basada en el análisis del hecho histórico europeo, pero mira los cambios sustanciales ocurridos en las estructuras capitalistas mundiales en los últimos 60 años. Esta visión permite una comprensión del fascismo no como un accidente fatal en la democracia occidental, sino como expresión vital del capitalismo de postguerra.

 El fascismo social

En general, los analistas e historiadores coinciden en que el fascismo europeo fue la expresión política directa de la gestión del capital para enfrentar la gran crisis en la primera mitad del siglo pasado y para frenar al comunismo soviético en Europa, lo que hizo que se despojara de su fachada democrática y asumiera la forma institucional del Estado totalitario en Italia y Alemania. Hasta ahí estamos plenamente de acuerdo.

Pero, al analizar los cambios ocurridos en la economía y la geopolítica mundial luego de la derrota del fascismo en Europa y la implosión del bloque soviético, podemos constatar, de acuerdo con Santos, que el capitalismo en su fase neoliberal no se despoja del ropaje democrático representativo, sino que se convierte en “fascismo social”. Al respecto nos dice que:

“No se trata de un regreso al fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata, como entonces, de un régimen político sino de un régimen social y de civilización. El fascismo social no sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo, sino que la fomenta hasta el punto en que ya no resulta necesario, ni siquiera conveniente, sacrificarla para promover el capitalismo. Se trata, por lo tanto de un fascismo pluralista y, por ello, de una nueva forma de fascismo.”

Mussolini.

Mussolini.

Esta nueva forma de fascismo, sigue argumentando Santos: “Consiste en un conjunto de procesos sociales por los cuales masas extensas de población son marginadas o expulsadas de cualquier tipo de contrato social. Dichas masas son rechazadas, excluidas y arrojadas hacia una suerte de estado de naturaleza […] ya sea porque nunca han sido parte de contrato social alguno [indígenas, negros, migrantes, mujeres, niños], o porque han sido excluidas o desechadas de los contratos sociales de los que habían formado parte con anterioridad [desempleados urbanos y rurales, las y los ancianos]”.

¿Cómo ocurre esta simbiosis entre democracia y fascismo? ¿Cómo el capitalismo se hace fascista sin eliminar la democracia representativa?

El proceso comenzó con el despojo a las personas de las expectativas compartidas colectivamente y que tenían como base la convivencia social en el Estado nacional. Santos se refiere al “conjunto de expectativas estables” que constituyen el entramado simbólico y normativo de una sociedad determinada y que se consolidan gracias a la presencia en ella de un marco de parámetros y equivalencias básicos común, es decir, a todos los ciudadanas, como son, por ejemplo, un huso horario (que incluye desde las rutas de transporte, hasta las horas de las comidas, etcétera), un salario dado por un trabajo determinado, un cierto castigo para un delito específico, etcétera.

Al despojar a las personas de esos parámetros y equivalencias compartidos y, por lo mismo, de sus expectativas comunes, comienzan a vivir un constante caos de expectativas con consecuencias muy dramáticas por la diversidad de riesgos (laborales, de salud, de seguridad personal, etcétera.) que afrontan sin tener amparo estatal y contando sólo, y a duras penas, con los servicios privados que puedan comprar. Evidentemente, Santos habla del neoliberalismo y sus consecuencias sociales que las y los venezolanos conocemos –porque lo sufrimos en carne propia- en las décadas de los 80 y 90 del siglo XX.

No fue por casualidad que se extendiera entre los sectores populares y de clase media, aquella frase acuñada por un personaje de “ficción” que reza: “Como vaya viniendo, vamos viendo ”. Incertidumbre pura y resignación ante los riesgos. Una frase que ha ido perdiendo vigencia paulatinamente por la acción del Estado bolivariano desde el 2004.

Quizá sea este el origen de la violencia criminal desatada y despiadada, porque el caos de expectativas y consecuencias banaliza los compromisos societales de convivencia y vacía de contenido y de sentido humano los vínculos entre las y los sujetos y los bienes materiales.

El fascismo como régimen social y de civilización, tiene dos planos de concreción interrelacionados: el plano mundial, expresado en las relaciones Norte/Sur y el plano regional/local, expresado en cada nación. La magnitud del caos de expectativas dependerá, siguiendo a Franz Fanon, de si el país está por arriba o por debajo de la “línea de lo humano”, es decir, si está en el Norte o en el Sur Global. Si son países centrales/imperiales, o si son excolonias, hoy neocolonias en la periferia del Sistema Mundo Capitalista Colonial/Patriarcal.

¿Cuáles son los componentes del fascismo social? ¿Cuáles son sus formas de sociabilidad? Para responder nos valemos de citas, paráfrasis y comentarios del libro citado. Nuestra intención es socializar el análisis de este investigador como aporte a la comprensión del fascismo en el siglo XXI.

Primer componente: El fascismo del apartheid social . “La segregación social de los excluidos dentro de una cartografía urbana dividida en “zonas salvajes” y “zonas civilizadas”. Las primeras son las del estado de naturaleza, las segundas las del contrato social. Estas últimas viven bajo la amenaza constante de las “zonas salvajes” y para defenderse se transforman en castillos neofeudales, en estos enclaves fortificados que definen las nuevas formas de segregación urbana: urbanizaciones privadas y condominios cerrados”.

Sostiene además nuestro autor, que esta división en “zonas salvajes” y “zonas civilizadas” se ha convertido en un “criterio general de sociabilidad y en un espacio-tiempo hegemónico que cruza todas las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales y se reproduce en las acciones tanto estatales como no estatales”.

¿Cuándo comenzaron a cerrarse en Venezuela las urbanizaciones, calles y condominios, con vigilancia privada, con el argumento de protegerse de los “marginales”? ¿Qué ha hecho el Estado para impedir una acción que viola el derecho constitucional al libre tránsito?¿Cuántos centros comerciales y centros “médicocomerciales” exclusivos para las clases poderosas se han creado desde que el Metro de Caracas acercó a los “marginales” a las “zonas civilizadas”?

Segundo componente: El fascismo del Estado paralelo. “Son aquellas formas de la acción estatal que se caracterizan por su distanciamiento del derecho positivo”. Nada nuevo en el viejo Estado burgués, pero “en el fascismo social el Estado paralelo adquiere una dimensión añadida: la de la doble vara en la medición de la acción: una para las “zonas salvajes”, otra para las “civilizadas”.

En las “civilizadas” actúa democráticamente, por más sospechoso o ineficaz que pueda parecer, y en las marginales actúa como predador, sin ningún propósito de respetar el derecho. Aún más, como las zonas marginales son potencialmente ingobernables, el Estado puede actuar fascistamente en ellas sin que levante sospechas internacionales para ser acusado de fascista, ¿Quién acusó de fascista al gobierno brasilero por ocupar militarmente las favelas de Río de Janeiro para combatir la delincuencia de cara al mundial de futbol? ¿Alguien desconoce en Venezuela cuál fue la orientación del uso de la “violencia legítima” del Estado en las “zonas civilizadas” y en los barrios marginales? ¿Para quién, en Venezuela, es un secreto que el sistema judicial, y su apéndice: el sistema carcelario, sólo asegura la aplicación de las leyes a quienes tienen para pagar a “un buen abogado”? ¿Quién no ha visto el color de la cárcel?

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Tercer componente: El fascismo paraestatal. “Resultante de la usurpación, por parte de poderosos actores sociales, de las prerrogativas estatales de la coerción y de la regulación social”. Estamos hablando del poder que tienen los poderes fácticos del capital de imponer a los débiles condiciones leoninas en los contratos de trabajo productivo, administrativo o de distribución y en la prestación de servicios públicos (atención médica, seguridad social, electricidad, educación, etcétera.).

Dice Santos: “El proyecto neoliberal de convertir el contrato de trabajo en un simple contrato de derecho civil (sin obligaciones sociales del contratante) genera una situación de fascismo contractual. De igual forma, aspectos decisivos en la producción de servicios salen del ámbito contractual (estatal y público) para convertirse en elementos dominados por un poder regulatorio no sometido al control democrático. La connivencia entre el Estado democrático y el fascismo paraestatal queda, en estos casos, especialmente patente”.

¿Alguien ha olvidado por qué se sublevó el pueblo venezolano el 27 de febrero de 1989? ¿Qué significó la privatización de la CANTV, de la Electricidad de Caracas, la liquidación de VIASA, la eliminación de las prestaciones sociales de las y los trabajadores avalada por el comunista demócrata Teodoro Petcoff? ¿Alguien, aunque sea funcionaria/o público, tiene un servicio de asistencia médica que no esté administrado por una empresa aseguradora privada?

Otra vertiente de este fascismo paraestatal es el fascismo territorial , que consiste en la sustracción al Estado, por parte de sectores capitalistas poderosos, del control territorial, “cooptando u ocupando las instituciones estatales para ejercer la regulación social sobre los habitantes del territorio sin que estos participen y en contra de sus intereses”.

Para confirmar la presencia del fascismo paraestatal en Venezuela, basta remitirnos a la realidad histórica de nuestros pueblos aborígenes y campesinos. Recordar a Sabino Romero, líder Yukpa asesinado, casi públicamente, por sicarios pagados por terratenientes y militares del Estado Zulia. Santos finaliza afirmando que el fascismo paraestatal es propio de “unos territorios coloniales privados situados siempre en Estados poscoloniales”, como los países de Latinoamérica, África, Asia, Indonesia, etc.

Y para ilustrar aún más esta presencia, miremos la demonización y criminalización de los movimientos sociales (des-calificados de “colectivos”) que hacen las y los voceros de la oposición fascista. Le temen a estos colectivos porque ejercen parte de la regulación social entre los habitantes de los barrios en donde habitan y canalizan la satisfacción de sus derechos económicos, sociales y culturales con perspectiva y voluntad emancipatoria. Mientras, esos voceros no emiten opinión del paramilitarismo (ultraderecha) que controla, a la fuerza, extensas zonas fronterizas de Venezuela y participa hoy en la desestabilización del país.

Cuarto componente: El fascismo populista . Consistente: 1) en la democratización (ficticia) de aquello que en la sociedad capitalista no puede ser democratizado (como el consumo ostentoso) y, 2) en la promoción de la “interpasividad”. Para lo primero se crean dispositivos de identificación inmediata con unas formas de consumo y unos estilos de vida que están fuera del alcance de la mayoría de la población, pero que sirven de “fuego fatuo” que la atrae. Y para lo segundo, se promociona el hecho electoral como la forma, genuinamente democrática, de participación política.

En Venezuela, este fascismo sufrió su primera derrota el 27 de febrero de 1989, cuando “los cerros bajaron” para democratizar el consumo. La segunda comenzó el 4 de febrero de 1992, con el “Por ahora” del Comandante Chávez. Continuó con su triunfo electoral de 1998 y ha avanzado abrumadoramente con la participación popular no sólo en los procesos electorales, sino también y principalmente, en la incorporación a la política activa de millones de ciudadanas y ciudadanos a través de las organizaciones sociales de base y de los consejos comunales y las comunas.

Quinto componente: El fascismo de la inseguridad. “Se trata de la manipulación discrecional (de los poderosos en complicidad con el gobierno neoliberal) de la inseguridad de las personas y de los grupos sociales debilitados por la precariedad del trabajo o por accidentes y acontecimientos desestabilizadores”. Estos accidentes y acontecimientos (consecuencias del caos de expectativas) generan un nivel de ansiedad y de incertidumbre respecto al presente y al futuro tan fuerte que acaban convenciendo a la gente de que tiene que “soportar grandes costos financieros para conseguir reducciones mínimas de los riesgos y de la inseguridad”.

En otras palabras: Se trata del descrédito del Estado por ineficiente y corrupto en la prestación de los servicios sociales de atención médica, seguridad social, educación, vivienda, etc., creando ilusiones “retrospectivas”: avivando la memoria del desastre público (¡La corrupción comenzó con Páez!), y creando ilusiones “prospectivas”: dibujando un horizonte de seguridad supuestamente generado desde el sector privado, ocultando los riesgos y las condiciones en que se venden los servicios. En Venezuela, el fascismo de la inseguridad, tal y como lo describe Santos, comenzó a operar, sin resistencias, desde que llegó la televisión y tuvo en RCTV su principal promotor y difusor masivo.

Sexto componente: El fascismo financiero , o económico . “Es el fascismo imperante en los mercados financieros de valores y divisas, en la especulación financiera, lo que se ha venido a llamar […]. Este es el fascismo más pluralista y, por ello, el más virulento, ya que su espacio-tiempo es el más refractario a cualquier intervención democrática. Este espacio-tiempo virtualmente instantáneo y global, combinado con el afán de lucro que lo impulsa, confiere [a las y los dueños del capital] un inmenso y prácticamente incontrolable poder discrecional que les permite sacudir en pocos segundos la economía real o la estabilidad política de cualquier país”.

Este fascismo actúa a sus anchas en los países cuyas economías están fuera del control político. Que no es hoy el caso de Venezuela. Sin embargo, ya son innegables las dificultades del control político sobre la economía nacional, porque la economía mundial, hegemonizada por el capital financiero especulativo, funciona como la red de una pesca de arrastre: con el pez grande se captura al chico y nuestro país, que es chico, pero petrolero, está sometido a las presiones de las trasnacionales en connivencia con el capital financiero.

El gobierno bolivariano hace todo lo posible para no morir en el intento, pero el fascismo económico no es una abstracción, sino que vive en la mente y el cuerpo de gente de carne y hueso que ha logrado transferir al exterior miles de millones de dólares mediante distintos mecanismo fraudulentos, en los que participan funcionarios y funcionarias públicos. La salida no es liberar la economía del control político, como exigen las y los fascistas, sino seguir resistiendo. A sabiendas de que es el campo económico donde el neoliberalismo tiene su mayor fortaleza.

¿Conclusiones?

Los brotes de violencia protagonizados por activistas fascistas, no son expresión de un fascismo que viene de afuera y lucha por imponerse en Venezuela. Todo lo contrario. Se trata de la resistencia del fascismo social endógeno que se opone a que continúen los avances del Estado Social, de Justicia y de Derecho que está diseñado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) y que se concreta en las políticas sociales del gobierno bolivariano, financiadas con los ingresos de la industria petrolera.

Pinochet.

Pinochet.

El fascismo social no es una amenaza sino una realidad palpable, que está en Venezuela desde hace mucho tiempo, ha contaminado nuestras instituciones y anida, como pensamiento único, en la sociedad que asume las diferencias de clase, de raza y sexo, como jerarquías sociales inmodificables que indican, a simple vista, quiénes son superiores y quiénes inferiores. Y por lo mismo rechaza, y mira como una amenaza a su mundo de vida, toda expresión de poder popular: movimientos sociales, colectivos, consejos comunales, comunas, etcétera., porque rompen con la jerarquización del poder que consideran natural e inmodificable.

¿Qué hacer cuando pase la efervescencia violenta?

Lo primero es asumir que esta pelea es de larga duración, porque el nuevo fascismo está en los fundamentos del capitalismo que emerge de la “guerra de los 30 años” (1914-1945, Wallerstein) y de la implosión del bloque soviético en los años 80. Que los fascistas están y estarán aquí. Que el enfrentamiento con el fascismo social no es coyuntural sino estructural, por lo que es inviable intentar vencerlo con violencia (en lo que están claro el gobierno y los movimientos sociales socialistas).

Entender que ya no se trata de “fascismo contra democracia” o “fascistas vs. demócratas”, porque el capitalismo neoliberal no renuncia a la forma democrática de gobierno, lo que, sin duda, complica el desmontaje del discurso de la oposición que también enarbola las banderas de la democracia. Quizá sea tiempo de referirnos al enfrentamiento entre “democracia fascista” y “ democracia socialista ”.

Dar la pelea al fascismo social exige, entre otras acciones: 1) profundizar la democracia participativa y protagónica: más comunas, empoderar a los movimientos sociales (colectivos), más empresas de propiedad social, banca comunal, 2) ampliar y profundizar la inclusión social: más escuelas, más hospitales, más pensionados, etc. 3) profundizar la unidad cívico-militar; 4) rehacer la escuela democrática: recuperar el proyecto de las repúblicas escolares y vincular el sistema escolar con el sistema productivo y las expresiones culturales populares, 5) no permitir la flexibilización laboral en las instituciones del Estado y en las empresas privadas, para que el trabajo sea una actividad digna de ser vivida y las y los trabajadores recuperen definitivamente la confianza en el futuro que les arrebató el neoliberalismo, o fascismo social, y se incorporen plenamente, con amor, confianza y entusiasmo, a la construcción de una patria independiente, soberana y socialista, y, 6) llamar al enemigo por su nombre: fascismo social, y explicar, hasta el cansancio, por qué lo es.

 

*Rebelión

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